¿A Qué Obliga el Cuarto Mandamiento de la Iglesia Católica? Actualizado el 13 de enero de 2026 El cuarto precepto de la Iglesia Católica Apostólica Romana ...
Actualizado el 13 de enero de 2026
La idea de la confesión como sacramento tiene sus raíces en las enseñanzas de Jesucristo en el Nuevo Testamento. En particular, se encuentra en el Evangelio de Juan, donde Jesús dice a sus apóstoles:
"A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos" (Juan 20:23)
Este pasaje establece la autoridad del sacerdocio para perdonar pecados, y es aquí donde se fundamenta la práctica de la confesión en la Iglesia Católica. A través del sacramento de la reconciliación, los fieles pueden reconocer sus errores, arrepentirse sinceramente y recibir el perdón de Dios a través de la mediación del sacerdote.
Además, desde los primeros días de la Iglesia, existía la práctica de la confesión pública para aquellos que habían cometido pecados graves, especialmente en el contexto del arrepentimiento en comunidades cristianas. Con el tiempo, esta práctica se formalizó y evolucionó en lo que hoy conocemos como el sacramento de la confesión o reconciliación. La Iglesia enseña que la confesión no solo es un acto de pedir perdón, sino también una oportunidad de sanación y renovación espiritual, permitiendo a los creyentes restablecer su relación con Dios y con la comunidad.
Para una confesión bien hecha son indispensables cinco pasos:
exámen de conciencia
dolor sincero de los pecados
propósito firme de enmienda
confesar todos los pecados
cumplir la penitencia impuesta por el confesor
El exámen de conciencia significa procurar recordar los pecados que uno haya hecho. Es muy útil recorrer cada uno de los siete pecados capitales como para estar seguros que no dejamos ninguno de lado.
El dolor sincero de los pecados significa arrepentirse de todo corazón de haberlos cometido. Esta es una condición indispensable ya que sin arrepentimiento no hay buena confesión, pues no tendría sentido pedir perdón por algo que seguimos disfrutando de haberlo hecho.
El arrepentimiento por los pecados cometidos es importante porque hemos ofendido a Dios que sólo quiere nuestro bien. Además es importante por nosotros mismos para poder evitar el infierno y tener la esperanza del Cielo.
El dolor por el pecado cometido puede ser de dos modos: dolor de contrición o perfecto, y dolor de atrición o imperfecto.
El dolor perfecto o de contrición es un pesar de haber ofendido a Dios por ser bueno y digno de ser amado, es decir es un dolor que se siente por puro amor a Dios, del mismo modo que nos sentiríamos muy mal por haber hecho llorar a nuestra madre por un daño que hicimos.
El dolor imperfecto o de atrición es un pesar de haber ofendido a Dios, pero no por su bondad, sino que por el temor de sus castigos, es decir que es un dolor que se siente por puro miedo a Dios, del mismo modo que nos sentiríamos muy asustados de pensar que castigo nos va a dar nuestra madre por el daño que hicimos.
El propósito firme de enmienda consiste en una determinada voluntad de nunca jamás pecar. Podemos caer nuevamente en el mismo pecado, pero lo importante es querer corregirlo y enojarnos con nosotros mismos por volverlo a cometer.
Se puede confesar infinitas veces un pecado, siempre y cuando estemos haciendo todo el esfuerzo por evitarlo y su gravedad cada vez sea menor.
Confesar todos los pecados significa confesar todos aquellos que recordemos y de los que estemos conscientes que hemos obrado mal. Los pecados veniales, si bien son buenos confesarlos para estar siempre en gracia de Dios y con el alma bien limpia, no son obligación. En cambio, los pecados mortales son indispensables confesarlos lo más rápido posible para cambiar nuestro ticket asegurado al infierno por el del Cielo.
Si se calla voluntariamente un pecado mortal en la confesión, se comete un pecado gravísimo, llamado sacrilegio. Si se olvida involuntariamente, simplemente se hace otra confesión.
Cumplir la penitencia impuesta por el confesor significa que para que nuestra confesión sea completa debemos realizar lo que el sacerdote nos pida, siempre y cuando sea razonable y posible de hacerlo, sino se le aclara allí mismo al confesor que no vamos a poder realizar esa penitencia y si es posible darnos otra.
La penitencia en la gran mayoría de los casos, siempre que no sea un pecado muy grave, consiste en una oración del Padre Nuestro, Avemaría, rezar un Rosario, etcétera.
El acto de cumplir la penitencia es llamado satisfacción de obra.
¿Sabías que cuando cometemos un error, Jesús nos está esperando con los brazos abiertos para darnos un abrazo de perdón? La confesión es como darle un baño a nuestra alma para que vuelva a brillar como una estrella. A veces nos portamos mal o decimos cosas que ponen tristes a los demás, y eso hace que nuestro corazón se sienta pesado. Pero no te preocupes, porque Dios es un Padre lleno de amor que siempre quiere que estemos felices y con el alma limpia para jugar y crecer en Su luz.
Para que nuestra confesión sea muy bonita, solo tenemos que seguir cinco pasitos sencillos. El primero es recordar con calma qué hicimos mal; es como buscar las manchitas en nuestra ropa antes de lavarla. Luego, sentimos un poquito de tristeza en el corazón por haber fallado, pero es una tristeza que se va rápido porque sabemos que Jesús nos ama muchísimo. Lo más importante es que le prometamos a Dios que vamos a intentar con todas nuestras fuerzas no volver a portarnos mal, pidiéndole que nos ayude a ser niños valientes y obedientes.
Contarle nuestros pecados al sacerdote es como soltar una mochila pesada. Él nos escucha en nombre de Jesús y nos da el perdón que nos devuelve la paz. No tengas miedo ni vergüenza, porque los sacerdotes están allí para ayudarnos a ser santos y para decirnos cuánto nos quiere Dios. Después de confesarte, te sentirás tan liviano y feliz que tendrás ganas de cantar y de portarte súper bien con todos tus amiguitos, porque tu alma estará radiante otra vez.
Cumplir la penitencia es el último paso, y es como decir "¡Gracias Dios por perdonarme!". A veces es rezar un Padre Nuestro o hacer algo lindo por alguien a quien molestamos. Ese pequeño gesto ayuda a que nuestro corazón se cure del todo. Recuerda siempre que Jesús es tu mejor amigo y que el sacramento de la confesión es un regalo maravilloso para que nunca dejes de brillar con la alegría del Espíritu Santo. ¡Qué felicidad es saber que siempre podemos empezar de nuevo de la mano de Dios!
Esta semana, haz un esfuerzo por practicar la sinceridad y el arrepentimiento en tu vida diaria. Tómate un momento cada día para reflexionar sobre tus acciones y pensamientos. Pregúntate: ¿Hay algo que pueda mejorar en mi comportamiento hacia los demás? O ¿he cometido algún error que deba corregir? Si encuentras algo, dale importancia y busca hacer las paces con la persona involucrada o con Dios.
Además, el fin de semana, comprométete a realizar la confesión sacramental como un paso hacia la renovación espiritual. Antes de ir, medita sobre las lecciones que has aprendido y las formas en las que puedes aplicar el perdón y la gracia en tu vida. Recuerda que este acto de confesión es una oportunidad para empezar de nuevo, y al hacerlo, compartirás la luz de Dios con aquellos que te rodean.
Ejemplo de cómo hacer una Confesión
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Todas las lecciones de "Catequesis para niños católicos" están fielmente basadas en el Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia y en libros de autores reconocidos por la Iglesia Católica Apostólica Romana. Si bien yo lo redacto, nada es idea u opinión mía
Los anuncios son puestos en forma aleatoria y automática. Si bien uso filtros para evitar todos los que son inapropiados o contrarios a la fe católica, varios pueden evadirlos
Acá puedes saber más sobre mi.
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