LA VISITA DE LOS REYES MAGOS AL NIÑO JESÚS Al tiempo de nacer el Salvador, una estrella extraordinaria se apareció en Oriente. Unos príncipes, conocidos co...
En la lección anterior expliqué el motivo por el cual es importante la confesión con el sacerdote y el porqué confesarse directamente con Dios es sólo un paso, y no una confesión completa con perdón incluido.
Ante la molestia que les puede causar lógicamente a muchos el tener que confesarse con una persona, deben recordar siempre que en el momento de la absolución el que perdona es Cristo, no el sacerdote que tenemos enfrente, pues éste en ese momento es sólo un instrumento de Dios, es Jesús perdonándonos.
Todos aquellos que cuestionan el hecho de por qué deberían estar contándole sus pecados a un hombre, piensen que cuentan cosas muy íntimas a un amigo íntimo, o que encima pagan para contárselas a un psicólogo, un psiquiatra o un médico, y al fin y al cabo todos ellos también son hombres con todas sus miserias y pecados, tal como los tiene el sacerdote.
El sacramento de la confesión es gratuito y no sólo perdona los pecados sino que nos ayuda con nuestra alma y nuestra vida.
Si el sacerdote es un gran pecador o está en pecado mortal, es un problema entre él y Dios.
A vos solo te tiene que importar que es instrumento de Dios y que lo necesitás para curar tu alma y salvarte, sanar el corazón por algo que hiciste que no está bien.
Si tuvieras que someterte a una cirugía muy delicada, seguramente te gustaría hacerlo con el mejor cirujano. Y seguramente muy poco te importaría su vida personal.
Si te dijeran que sólo él podría salvarte la vida, pero que ha cometido un grave delito que nada tiene que ver con la medicina, o sea, que no correrías ningún peligro en la operación, ¿dejarías de operarte?
Entonces, si no te importa la vida del cirujano para curar tu cuerpo, tampoco te tiene que importar la vida del sacerdote para curar tu alma.
Y si no te gusta el cura que hay en la Iglesia, buscá otro, no hay problema.
Y tampoco hace falta que cuentes con lujo de detalles tu pecado, salvo que lo desees o busques consejo.
Si tenés un pecado que te avergüenza mucho y no sabés cómo decírselo al sacerdote porque te conoce, o tenés trato con él, o porque después te va a ver de nuevo, o por el motivo que sea, podés ir a otra parroquia lejana o a otra ciudad con un cura al que nunca viste y al que jamás volverás a ver.
Tampoco es obligatorio confesarse siempre con el mismo sacerdote.
Por lo tanto, no hay que preocuparse ni hacerse mucho drama para confesarse.
Nuestra alma está en juego, o sea, nosotros mismos.
Si pecaste o querés recuperar tu amistad con Dios, no dudes nunca en confesarte.
El sacerdote no es un enemigo y la confesión no es una sala de torturas, es nuestro pasaporte seguro hacia la vida eterna
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